El
niño rebota el balón en las paredes que rodean la cancha de la escuela. Juega solo,
con los zapatos de su papá que le quedan grandes. A esa hora la escuela se
queda vacía. Es abril y tiene frío.
Su mamá platica en voz baja con la
directora en un extremo de la cancha. Apenas susurro.
Ese día y los tres anteriores el
niño no asistió a la escuela. Patea el balón por inercia, sin ganas. Se imagina
que es un futbolista famoso, pero enseguida lo olvida y piensa que tiene frío, que
le gustaría estar tendido en su cama mirando el techo, tomando café con leche. Tal
vez un chocolate.
Temprano por la mañana acompañó a
uno de sus tíos, hermano de su papá, a regresar las bancas de madera a la
capilla del pueblo. Quiso irse en la carrocería. Quería sentir el viento en el
rostro, despeinarse. El tío le acarició la cabeza preguntándole si no se sentía
triste. Él negó con la cabeza. No sabía que pensar. “Pobrecito”, comentó el tío,
casi para sí. “Nunca los vamos a dejar solos”, agrego, ates de arrancar la
camioneta. El niño ya no escucho el comentario, miraba las calles empedradas
del pueblo.
Dejaron las bancas en uno de los
cuartos húmedos y fríos de la capilla. El niño pensó que tal vez podría llover.
Buscó golondrinas en el cielo gris, pero no encontró ninguna. Su papá solía
decir que las golondrinas anuncian la lluvia. “¿Va a llover?”, le pregunto al
tío. “A la mejor”. De regreso, el tío le pidió que viajara en la cabina de la
camioneta.
Luego su mamá lo llevó a la escuela.
Al niño no le gustaba verla callada, ausente. Le daba miedo su vestido negro
oloroso a humedad, a polvo.
De reojo, el niño ve a su mamá
platicando con la directora. Sabe que habla de él, de su futuro. La directora
lo mira conmovido. El niño hace como si no se entera de nada y patea el balón. Trata
de hacer algunos malabares, pero con los zapatos de su papá no puede. Comienza a
sudar, pero sigue teniendo frío.
El día del velorio, los parientes de
su papá llegaron como marabunta y se comieron las provisiones de casa; se
quedaron con los pantalones, con las camisas; menos con esos zapatos, que nadie
quiso.
Su mamá le hace una seña para que la
siga. Deja el balón en el cuarto de los tiliches del colegio y se aleja
despacio. “Si quieres puedes llevarte el balón”, le dice la directora. Contento,
el niño se regresa y después tiene que correr para alcanzar a su mamá.
Vega
Aguayo, Jorge. (2005) El balón. En De princesas,
dragones y otras indecencias. México: Secretaria de Cultura del Gobierno de
Colima. (27-30)
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